El primer beso a los cuarenta
Sí, Guillermo tenía cuarenta años y nunca había dado un beso de verdad. Una timidez extrema, un trabajo absorbente como informático y una vida que se le había ido pasando entre pantallas.
Se lo confesó a Paloma, una compañera del grupo de senderismo, después de una ruta larga, sentados en una roca mirando el valle. No sabía por qué se lo contaba. Quizá porque ella le daba confianza.
Paloma no se rió. Lo miró con una ternura que lo desarmó.
—¿Quieres que sea yo? —preguntó.
Guillermo no supo qué decir. Asintió.
Ella se acercó despacio, le puso una mano en la mejilla y lo besó como se besa algo frágil. Luego se separó un poco y le sonrió.
—¿Qué tal?
—Creo que necesito practicar más —dijo él, rojo hasta las orejas.
Practicaron toda la bajada de la montaña. Y la semana siguiente. Y la otra. A los seis meses, Guillermo había recuperado con creces todo el tiempo perdido.
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