Después de treinta años
Rosa enviudó a los cincuenta y seis, después de treinta años de matrimonio. Durante dos años pensó que esa parte de su vida se había terminado para siempre.
Hasta que conoció a Julián en el club de lectura de la biblioteca. Viudo también, sesenta años, manos de carpintero y una forma de hablar de los libros que la hacía reír.
Empezaron con cafés después del club. Luego paseos. Luego una cena en un restaurante pequeño del centro, donde él le cogió la mano por encima del mantel y ella no la apartó.
Esa noche, en el portal de su casa, Rosa le pidió que subiera. Le temblaba la voz.
—Hace mucho que no… —empezó ella.
—Yo también —dijo Julián—. Iremos despacio.
Y fueron despacio. Con la luz apagada al principio, con risas nerviosas, con una ternura que ella no esperaba. Descubrió que el cuerpo tiene memoria, pero también ganas de aprender cosas nuevas.
Por la mañana, Rosa se miró al espejo y se vio guapa por primera vez en mucho tiempo. Llamó a su hermana para contárselo y las dos lloraron de risa.
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