Me atreví a decir que sí
Andrés, compañero de la oficina de Nerea, llevaba un año invitándola a tomar algo después del trabajo. Y ella, de treinta y cuatro años, llevaba un año diciéndole que no por miedo a mezclar trabajo y vida personal.
El día que Andrés anunció que se cambiaba de empresa, Nerea sintió una punzada en el pecho que no esperaba.
En su fiesta de despedida, se le acercó en la barra.
—Ya no somos compañeros —le dijo—. Así que ya puedo decirte que sí.
Él la miró sorprendido. Luego sonrió como quien lleva un año esperando esa frase.
Se fueron juntos de la fiesta antes de que terminara. Caminaron por el centro sin rumbo, hablando de todo lo que no se habían dicho en doce meses de cafés en la máquina y reuniones aburridas.
En su portal, Nerea lo besó antes de que él pudiera decir nada. Llevaba un año imaginando ese beso y fue mejor de lo que había imaginado.
Al día siguiente, Andrés empezó en su nuevo trabajo con una sonrisa que le duró toda la semana.
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