Viaje sola
A los cuarenta y cinco, Mercedes hizo su primer viaje sola. Sin marido, sin hijos, sin amigas. Una semana en Roma con una maleta pequeña y ningún plan.
El tercer día, en una terraza del Trastevere, un hombre de su edad le preguntó en un español con mucho acento si la silla de al lado estaba libre. Se llamaba Paolo y era profesor de historia del arte.
Le enseñó una Roma que no salía en las guías. Iglesias vacías con frescos increíbles, plazas escondidas, la mejor heladería de la ciudad. Le hablaba de Caravaggio con tanta pasión que ella no podía dejar de mirarle las manos.
La última noche, cenaron en un restaurante pequeño con vistas a la cúpula de San Pedro. Al terminar, Paolo le preguntó si quería ver las vistas desde su terraza.
—Nunca he hecho algo así —le confesó Mercedes.
—Entonces es un buen momento para empezar —respondió él.
Volvió a Madrid una semana después, con la maleta igual de pequeña y la sensación de haber vivido algo que solo le pertenecía a ella.
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