El primer club
Durante años, Mónica y Gustavo, de cuarenta y treinta y nueve años, habían fantaseado con ir a un club liberal. Lo hablaban en la cama, se reían, se excitaban con la idea y luego no hacían nada.
Hasta que un sábado, por fin, compraron las entradas.
En la puerta, Mónica estuvo a punto de darse la vuelta. Gustavo le apretó la mano.
—Hemos acordado que solo miramos —le recordó—. Y que si cualquiera de los dos quiere irse, nos vamos.
Dentro no era como lo habían imaginado. Era más elegante, más tranquilo, más respetuoso. Una pareja de unos cincuenta años se acercó a la barra y les preguntó si era su primera vez. Les explicaron las normas, les enseñaron el local y les dijeron que lo más importante era una palabra: no. Que allí se respetaba siempre.
Esa noche no hicieron nada más que mirar y tomarse dos copas. Pero al llegar a casa no llegaron ni a la habitación.
Volvieron un mes después. Esa vez no solo miraron.
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