La profesora de salsa
A los cuarenta y ocho años, recién divorciado, Ernesto se apuntó a clases de salsa porque su hija le dijo que tenía que salir de casa. La primera noche pisó a tres compañeras y quiso desaparecer.
La profesora, Yolanda, cubana, de cuarenta y cinco años y una paciencia infinita, se quedó con él al terminar la clase.
—Tienes miedo de tocar —le dijo—. Y la salsa es tocar. Pon la mano aquí, en mi espalda. Firme. Que yo sienta que me llevas.
Ernesto obedeció. Notó el calor de su piel a través de la tela, el movimiento de sus caderas, el ritmo de su respiración. Hacía veinte años que no tocaba a una mujer que no fuera su exmujer, y se sintió torpe, nervioso, vivo.
Bailaron solos en la academia vacía hasta que el conserje empezó a apagar luces. Al despedirse, ella le dio dos besos que duraron un segundo más de lo normal.
—El jueves, clase particular —le dijo—. Pero no en la academia.
Fue la primera vez en veinte años que Ernesto tuvo una cita. Y la primera vez en su vida que bailó de verdad.
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