Noche de tormenta
Se fue la luz en todo el edificio a las diez de la noche, en plena tormenta. Andrés, de treinta y ocho años, salió al rellano con una linterna y se encontró con el vecino de enfrente, Toni, de cuarenta y uno, con una vela en la mano y cara de susto.
—Le tengo pánico a las tormentas —confesó Toni, avergonzado.
—¿Quieres pasar? —ofreció Andrés—. Tengo más velas. Y vino.
Se sentaron en el salón, a la luz de las velas, mientras los truenos sacudían los cristales. Cada vez que caía un rayo, Toni daba un respingo. Andrés se rió la primera vez. La segunda, le cogió la mano.
—Tranquilo —dijo—. Aquí no pasa nada.
Toni no le soltó la mano. Ni con el tercer trueno, ni con el cuarto. En el quinto, ya no estaban pendientes de los truenos.
La luz volvió a las dos de la mañana. Ninguno de los dos se dio cuenta.
Ahora, cuando el parte meteorológico anuncia tormenta, Toni le manda un mensaje a Andrés: «Esta noche tengo miedo». Andrés siempre le responde lo mismo: «Te espero con velas».
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