El cocinero
Mateo, de cuarenta y tres años, crítico gastronómico, llegó al restaurante dispuesto a destrozarlo en su columna. Le habían dicho que el chef nuevo era un engreído.
El chef nuevo se llamaba Leo, tenía treinta y nueve años y salió de la cocina al final de la cena para preguntarle qué le había parecido.
—Lo sé todo de ti —le dijo Leo, sentándose en su mesa sin permiso—. Sé que vienes a destrozarme. Así que dime la verdad.
—La verdad es que el postre es lo mejor que he probado en años —admitió Mateo, a regañadientes.
Leo sonrió.
—Te voy a preparar otro —dijo—. Uno que no está en la carta. Pero tienes que esperar a que cierre.
Mateo esperó. A medianoche, con el restaurante vacío, Leo le sirvió un postre de chocolate y frambuesa en la barra de la cocina, y se quedó mirándolo mientras lo probaba.
—¿Y bien?
—Es pecado —dijo Mateo.
—Esa era la idea —respondió Leo, acercándose.
La crítica de Mateo salió una semana después. Cinco estrellas. Sus compañeros de redacción aún se preguntan qué pasó aquella noche.
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