El fontanero
La fuga de agua inundó el baño de Raúl a las once de la noche de un domingo. El único fontanero de urgencias disponible se llamaba Iván, llegó en veinte minutos y tenía unas manos que arreglaron la tubería en un abrir y cerrar de ojos.
Raúl, de treinta y nueve años, le ofreció una cerveza para agradecérselo. Iván, de cuarenta y dos, empapado hasta las rodillas, aceptó.
Se sentaron en la cocina. Hablaron de fútbol, de la ciudad, de lo difícil que es encontrar a alguien que valga la pena. Iván estaba divorciado. Raúl, soltero desde hacía años.
—Necesitarás una ducha —dijo Raúl, mirando la ropa mojada de Iván—. Si quieres, te dejo una camiseta.
—¿La ducha funciona ya? —preguntó Iván, con una sonrisa.
—Eso dímelo tú. Tú la has arreglado.
La ducha funcionaba perfectamente. Lo comprobaron los dos.
Raúl le pagó la factura de urgencias completa. Iván le devolvió la mitad.
—Por la cerveza —dijo—. Y por lo demás.
Desde entonces, Raúl cruza los dedos para que se estropee algo en casa.
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