El profesor de idiomas
Para su traslado a Roma, la empresa de Javier le pagó clases intensivas de italiano. Su profesor se llamaba Marco: cuarenta años, napolitano, gesticulaba con las manos y tenía una forma de pronunciar las palabras que hacía que todo sonara bonito.
—Repite conmigo —le decía—: «Mi piace».
—Mi piace —repetía Javier, de treinta y seis, sin poder concentrarse.
Las clases eran en el piso de Marco, dos veces por semana, durante tres meses. Al principio, Javier se aprendía el vocabulario de memoria. Luego empezó a olvidarlo a propósito, solo para que Marco se lo explicara otra vez.
—Eres un alumno muy malo —le dijo Marco un día, riéndose.
—Tienes razón —admitió Javier—. Es que el profesor me distrae.
Marco dejó el libro en la mesa.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo te distrae?
Javier no tenía las palabras en italiano. Así que no usó palabras.
Tres meses después, se mudó a Roma con un italiano bastante decente. En el vuelo, alguien le preguntó dónde lo había aprendido.
—Con un profesor muy bueno —dijo—. Que vendrá a verme el mes que viene.
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