Atada a la cama
Fue ella quien lo pidió. Sonia, de treinta y ocho años, abogada, acostumbrada a tenerlo todo bajo control, le dijo a su pareja, Javier, que quería saber qué se sentía al no poder moverse.
Javier, de cuarenta, carpintero, manos grandes y una paciencia infinita, le preguntó mil veces si estaba segura. Compraron cuerdas suaves, leyeron sobre nudos seguros, practicaron.
La primera noche, él le ató las muñecas al cabecero con un nudo que ella podía soltar en cualquier momento.
—Si tiras de aquí, se suelta —le explicó—. Siempre tienes una salida.
Sonia asintió. Respiró hondo. Cerró los ojos.
Lo que vino después fue lento, intenso, desesperante en el mejor sentido. Javier se tomó su tiempo. Mucho tiempo. Sonia descubrió que no poder hacer nada más que sentir multiplicaba cada sensación por mil.
En ningún momento tiró del nudo.
Después, él le desató las muñecas con cuidado, se las masajeó despacio y le preguntó cómo estaba.
—Libre —dijo ella—. Nunca me había sentido tan libre.
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