La institutriz
Era un juego de rol que habían inventado en una noche de lluvia: ella era la estricta institutriz de una mansión victoriana; él, el lord de la casa que se había portado mal.
Paula y Enrique, de cuarenta y cuatro y cuarenta y siete años, se rieron mucho la primera vez. Ella con un moño apretado y unas gafas de su abuela; él con una bata de seda que parecía de teatro.
—Lord Enrique —dijo Paula, con voz severa—, me han informado de que ha llegado tarde a cenar.
—Lo siento, señorita Paula —respondió él, intentando no reírse.
—Lo sentirá más tarde.
Poco a poco, las risas fueron dejando paso a otra cosa. Paula se metió en el personaje de verdad. Enrique, también. Lo que empezó como una parodia se convirtió en un juego de poder que los tuvo despiertos hasta el amanecer.
Al día siguiente, Paula se compró un vestido victoriano de verdad en una tienda de disfraces. Enrique, un chaleco con reloj de bolsillo.
Los sábados, la mansión victoriana abre sus puertas. Y lord Enrique siempre llega tarde a cenar.
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