Solo con la voz
Una de las cosas que más le gustaban a Irene de Marcos era su voz. Grave, pausada, de locutor de radio. Él lo sabía. Y una noche decidió usarla.
—Esta noche no te voy a tocar —le dijo—. Ni una sola vez. Solo te voy a decir lo que tienes que hacer.
Irene, de treinta y seis años, se rió. Pensó que era una broma. No lo era.
Marcos se sentó en una silla, al otro lado de la habitación, y empezó a darle instrucciones. Con calma. Con autoridad. Sin moverse de la silla.
Irene obedeció. Al principio por juego, luego porque no podía hacer otra cosa. Su voz la envolvía, la dirigía, la llevaba exactamente donde él quería. Nunca se había sentido tan expuesta y, a la vez, tan protegida.
—¿Estás bien? —preguntaba él de vez en cuando, en un tono distinto.
—Sí —respondía ella—. Sigue.
No la tocó en toda la noche. Fue, según Irene, lo más intenso que había vivido nunca.
Ahora, cuando Marcos la llama al trabajo y le dice «esta noche» con esa voz, Irene tiene que salir de la reunión.
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