La jefa
En la oficina, Carolina era la directora general: cuarenta y seis años, implacable, temida por todos. Tomaba cien decisiones al día y nunca se equivocaba.
En casa, los viernes por la noche, quería exactamente lo contrario.
Se lo contó a Álvaro en la tercera cita, temblando de vergüenza. Él, profesor de instituto, cuarenta y dos años, tranquilo y sereno, la escuchó sin juzgar.
—¿Quieres que mande yo? —preguntó.
—Quiero no tener que pensar —respondió ella—. Solo un rato.
Lo pactaron todo. Las normas, los límites, la palabra de seguridad. Él leyó, se informó, le hizo mil preguntas antes de empezar.
El primer viernes, Álvaro la recibió en la puerta y le dijo con voz tranquila:
—Esta noche no decides nada. Ni qué cenar, ni qué ponerte, ni qué hacer. Yo me encargo.
Carolina sintió que se le quitaba un peso enorme de los hombros.
El lunes volvió a la oficina más implacable que nunca. Pero su secretaria notó que sonreía más.
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