La entrevista
Cuando Sofía entró en la sala de reuniones para la entrevista final, se le cayó el alma a los pies. El director de recursos humanos era Mateo, el hombre con el que había pasado una noche increíble tres semanas antes, después de conocerse en un bar de Malasaña.
Él también la reconoció. Lo disimuló mejor.
—Siéntese, por favor —dijo, profesional, sin un solo gesto que lo delatara.
La entrevista duró cuarenta minutos. Cuarenta minutos de preguntas sobre su experiencia, sus objetivos, sus puntos débiles. Cuarenta minutos en los que Sofía no pudo dejar de mirarle las manos y recordar dónde habían estado.
Al terminar, él la acompañó a la puerta.
—Le comunicaremos la decisión esta semana —dijo en voz alta. Y luego, mucho más bajo—: Pase lo que pase, me gustaría volver a verte. Fuera de aquí.
Le dieron el puesto. Por méritos propios, insistió él, y había un comité de cinco personas para demostrarlo.
Desde entonces, Sofía y Mateo se saludan en el pasillo con un «buenos días» muy formal. Lo que pasa los viernes por la noche no es asunto de la empresa.
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