El ascensor de las ocho
Todas las mañanas, a las ocho y cuarto, Celia coge el ascensor del edificio de oficinas. Y todas las mañanas, en el tercer piso, sube él. Traje gris, barba de dos días, auriculares y un café para llevar.
Llevan seis meses compartiendo trayecto hasta el piso nueve. Seis meses de «buenos días» y miradas en el espejo del ascensor. Ella no sabe su nombre. Él no sabe el de ella.
Un lunes, el ascensor se llena tanto que tienen que apretarse en una esquina. Ella nota su pecho contra la espalda, su respiración en la nuca. Ninguno de los dos se mueve más de lo necesario. Ninguno de los dos se aparta.
Cuando las puertas se abren en el nueve, él le susurra al oído:
—Me llamo Óscar. Llevo seis meses queriendo decírtelo.
Esa tarde, a la salida, la espera en el portal con dos cafés.
Ahora siguen cogiendo el ascensor a las ocho y cuarto. Pero ya no se miran en el espejo. Se miran directamente. Y a veces, cuando van solos, el trayecto hasta el nueve se les hace muy corto.
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