La becaria de treinta y cinco
Carolina tenía treinta y cinco años cuando decidió cambiar de vida, dejar su trabajo de administrativa y empezar desde cero como becaria en una agencia de publicidad. Su tutor era Nacho, de treinta y tres, director creativo, al que le hacía muchísima gracia que su becaria fuera mayor que él.
—Te voy a tratar como a cualquier becario —le dijo el primer día.
—Más te vale —respondió ella.
No la trató como a cualquier becario. Se quedaba con ella hasta tarde revisando sus campañas, la llevaba a las reuniones con clientes importantes, le pedía opinión delante de todo el equipo.
—Es que eres buena —le dijo un día, cuando ella le preguntó por qué.
—¿Solo por eso?
Nacho dejó el bolígrafo en la mesa y la miró.
—No —admitió—. No solo por eso.
Esperaron hasta el último día de la beca, por ética y por miedo. Ese día, Carolina recibió una oferta de contrato indefinido y una invitación a cenar. Aceptó las dos.
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