Contrato temporal
El contrato de Alba duraba tres meses: sustituir una baja en el despacho de abogados más prestigioso de la ciudad. Su mesa estaba frente a la de Germán, socio de cuarenta y ocho años, divorciado, famoso por su mal carácter y sus trajes a medida.
Germán no le dirigió la palabra en seis semanas. Luego le encargó un recurso imposible. Ella lo ganó.
A partir de ahí, todo cambió. Él empezó a pasar por su mesa, a pedirle opinión, a invitarla a comer para hablar de casos. Ella descubrió que, debajo del mal carácter, había un hombre divertido, culto y bastante tímido.
—Me quedan dos semanas —le dijo ella un viernes, al salir del despacho.
—Lo sé —respondió él—. Las estoy contando.
—¿Para que me vaya?
—Para poder invitarte a cenar sin que sea un conflicto de intereses.
El último día de contrato, Alba recogió sus cosas, se despidió de todos y bajó al portal. Germán la esperaba en la calle, sin corbata, con una sonrisa que ella no le había visto nunca.
—Ya no trabajas aquí —dijo él—. ¿Cenamos?
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