El jefe nuevo
El jefe nuevo llegó un lunes de octubre y la oficina entera se quedó en silencio. Alejandro, cuarenta y dos años, recién trasladado desde la sede de Barcelona, traje azul marino y una voz grave que hacía que todo el mundo prestara atención.
Patricia, de treinta y nueve, coordinadora del equipo, iba a ser su mano derecha. Y desde la primera reunión supo que iba a tener un problema.
Él era exigente, preciso, a veces frío. Pero cuando le revisaba los informes, se inclinaba sobre su hombro y ella podía oler su colonia. Cuando la felicitaba por un buen trabajo, la miraba un segundo más de lo necesario.
Aguantaron cuatro meses. Hasta un viaje de trabajo a Valencia, una cena con clientes que se alargó y un taxi de vuelta al hotel en el que nadie dijo nada.
En el ascensor, él le preguntó si quería tomar la última copa en el bar.
—El bar está cerrado —dijo ella.
—Lo sé —respondió él.
Al día siguiente presentaron el proyecto juntos y el cliente firmó el contrato. Fue, según el informe oficial, un viaje muy productivo.
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