Teletrabajo
Desde que la empresa implantó el teletrabajo, Javier y Lucía, compañeros de equipo, solo se veían en las videollamadas de los lunes. Hasta que un día, por un error al compartir pantalla, ella vio el fondo de escritorio de él: una foto de ella misma en la cena de verano del año anterior.
Él se puso rojo como un tomate y cortó la cámara.
Después de la reunión, Lucía le escribió por el chat privado: «Bonito fondo de pantalla».
Él tardó diez minutos en responder: «Lo siento. Es una tontería».
«No me parece una tontería», escribió ella. «Me parece la cosa más bonita que me han dicho en años, aunque sea por accidente».
Esa tarde siguieron hablando. Y la siguiente. Las videollamadas de trabajo empezaron a alargarse, ya sin el resto del equipo, ya sin hablar de trabajo.
Un viernes, Javier le preguntó si quería teletrabajar desde su casa el lunes.
—Tengo buena conexión —dijo—. Y buen café.
Lucía fue. El lunes, el martes y el miércoles. Ninguno de los dos fue especialmente productivo esa semana.
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