La boda de mi hermana
Íñigo era el padrino. Yo, la dama de honor. Él estaba casado desde hacía cinco años; yo, prometida desde hacía uno. Ninguno de los dos debería haber mirado al otro como nos miramos durante toda la ceremonia.
Nos conocíamos desde la universidad. Siempre hubo algo, pero nunca coincidimos solteros. Siempre llegábamos tarde el uno al otro.
En el banquete, el vino y la música hicieron el resto. Bailamos una canción lenta mientras su mujer charlaba con mi madre y mi novio contaba chistes en la barra. Me apretó la cintura un poco más de lo debido. Yo apoyé la frente en su hombro un poco más de lo debido.
—Llevamos quince años con esto —me susurró.
—Lo sé —respondí.
Salimos al jardín por separado y nos encontramos detrás de la carpa, donde no llegaban las luces. Fueron diez minutos. Diez minutos de quince años de ganas.
Volvimos a la fiesta por separado, recompusimos la ropa y la sonrisa, y seguimos bailando con nuestras parejas como si nada. Pero cada vez que nuestras miradas se cruzaban, sabíamos que algo había cambiado para siempre.
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