El guía turístico
El viaje a Marruecos era la luna de miel aplazada de Laura y Fernando, que llevaban siete años casados. Él se pasó tres días con una gastroenteritis horrible encerrado en el riad, y ella, para no perderse el desierto, se apuntó sola a la excursión.
El guía se llamaba Karim. Treinta y seis años, ojos oscuros y un español perfecto que había aprendido en Granada.
La noche en el campamento del desierto, bajo un cielo con más estrellas de las que Laura había visto nunca, los demás turistas se fueron a dormir pronto. Ella se quedó junto al fuego. Él también.
Le habló de las constelaciones, de las leyendas bereberes, de su vida entre dos mundos. Ella le habló de su matrimonio tranquilo, de su vida tranquila, de lo mucho que a veces echaba de menos que pasara algo.
—En el desierto pasan cosas —dijo él—. Y el desierto se las guarda.
Laura miró hacia la jaima donde dormían los demás. Luego miró a Karim.
A la mañana siguiente, volvió al riad con arena en el pelo y una historia que no le contaría nunca a nadie.
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