El vecino de la casa de verano
Cada agosto, mi marido y yo alquilamos la misma casa en un pueblo de la costa gallega. Y cada agosto, el vecino de al lado, Xabier, un pescador viudo de cuarenta y cinco años, me saluda desde su huerto con una sonrisa que dura un poco más cada verano.
Este año, mi marido tuvo que quedarse en Madrid la primera semana.
Xabier me trajo pescado fresco el primer día. Percebes el segundo. El tercero me invitó a cenar en su casa, con vino de la tierra y la ventana abierta al mar.
Hablamos de su mujer, que murió hace tres años. De mi matrimonio, que hace tiempo que es más costumbre que pasión. De lo raro que es sentirse solo estando acompañado.
Cuando me fui a levantar para irme, me cogió la mano.
—Quédate un poco más —me dijo.
Me quedé toda la noche.
Mi marido llegó el sábado. Xabier le saludó desde el huerto, le regaló una botella de albariño y le dijo que tenía una mujer maravillosa. Mi marido le dio las gracias. Yo no pude mirar a ninguno de los dos a los ojos.
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