El cuñado
Nunca me cayó bien el marido de mi hermana. Demasiado seguro de sí mismo, demasiado guapo, demasiado consciente de serlo. Durante años evité quedarme a solas con él en las comidas familiares.
Hasta aquella Nochevieja.
Mi hermana se quedó dormida en el sofá después de las uvas, agotada por los niños. Mi marido se había ido temprano con una migraña. Y Rafa y yo acabamos fregando platos en la cocina, con la música de la fiesta de fondo y una botella de champán a medias.
—Siempre has evitado quedarte conmigo a solas —me dijo, secando una copa.
—Porque no me caes bien —respondí.
—Mentira —dijo él, sonriendo—. Te caigo demasiado bien. Ese es el problema.
Le tiré el trapo a la cara. Él lo atrapó al vuelo y se acercó. Yo no me aparté. Tenía razón y los dos lo sabíamos.
Fue un beso. Solo un beso, apoyados en la encimera, con el agua del grifo todavía corriendo. Nos separamos al oír pasos.
Desde entonces, en las comidas familiares, ya no lo evito. Pero tampoco me quedo a solas con él. Sé lo que pasaría.
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