Habitación con vistas
Fue un error de la agencia de viajes: Julia y un desconocido habían reservado la misma habitación del mismo hotel de Florencia para las mismas fechas. Y era temporada alta. No había otra habitación libre en toda la ciudad.
El desconocido se llamaba Thomas, era un arquitecto alemán de cuarenta años, y le propuso una solución práctica: compartir la habitación. Él dormiría en el sofá.
Julia, de treinta y ocho, dudó mucho. Al final, aceptó.
Durante el día cada uno iba por su lado. Por las noches, coincidían en la habitación, abrían una botella de vino de la Toscana y miraban la cúpula de la catedral iluminada desde el balcón.
La cuarta noche, Thomas le confesó que el sofá era horrible y que le dolía mucho la espalda.
—La cama es muy grande —dijo Julia, sin mirarlo.
—Muy grande —repitió él.
Dejó de ser tan grande en cuestión de minutos.
Cuando la agencia la llamó para disculparse por el error y ofrecerle un descuento en su próximo viaje, Julia les dijo que no hacía falta. Que había sido el mejor error de su vida.
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