El instructor de surf
Durante una semana en Fuerteventura, Ana, de treinta y seis años, aprendió tres cosas: que el surf es mucho más difícil de lo que parece, que el viento de la isla no para nunca y que su instructor, Kai, tenía los hombros más bonitos que había visto en su vida.
Kai era de Tenerife, tenía treinta y tres años y una calma que lo cubría todo. Cuando ella se caía de la tabla, que era cada dos minutos, él se reía y la ayudaba a subirse otra vez.
—Tienes que dejarte llevar —le decía—. Si luchas contra la ola, pierdes.
El último día, por fin, Ana se puso de pie en la tabla y surfeó una ola entera hasta la orilla. Kai la esperaba en el agua, aplaudiendo.
—¡Lo has conseguido! —gritó, levantándola en el aire.
Esa noche lo celebraron en una playa de arena negra, con una hoguera y unas cervezas. Ana aplicó por fin lo que él le había enseñado toda la semana: dejarse llevar.
Volvió a Madrid con la piel quemada, una tabla de surf que no sabía dónde iba a guardar y un vuelo a Tenerife reservado para el puente de diciembre.
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