Escala en Estambul
El vuelo a Bangkok tenía una escala de veinte horas en Estambul. Lidia, de treinta y cuatro años, decidió salir del aeropuerto y ver la ciudad en lugar de esperar en una silla de plástico.
En la cola del control de pasaportes conoció a Kerem: turco, treinta y siete años, piloto de otra aerolínea, con un día libre en su ciudad natal.
—¿Quieres que te enseñe Estambul en veinte horas? —le propuso.
Le enseñó Santa Sofía, la Mezquita Azul, el Gran Bazar. Comieron pescado en un restaurante bajo el puente de Gálata. Cruzaron el Bósforo en un ferry al atardecer, con la ciudad entera teñida de rosa.
Cuando se hizo de noche, Kerem la llevó a la terraza de un hotel desde la que se veía toda la ciudad iluminada.
—Te quedan ocho horas —le dijo—. Puedes volver al aeropuerto. O puedes quedarte un poco más.
Lidia se quedó un poco más.
Llegó a la puerta de embarque con el tiempo justo, el pelo despeinado y una sonrisa que le duró todo el vuelo a Bangkok. Ahora siempre busca vuelos con escala en Estambul.
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