Verano en el pueblo
Sara, de treinta y tres años, volvió al pueblo de sus abuelos en Asturias después de diez años viviendo en Londres. Quería vender la casa familiar. No contaba con Pelayo.
Él tenía treinta y seis, llevaba la quesería del pueblo y era el encargado de enseñarle la casa a los posibles compradores mientras ella estaba fuera. Le entregó las llaves con una sonrisa tímida y unas manos que olían a hierba recién cortada.
—No deberías venderla —le dijo—. Es la casa más bonita del valle.
Ella se rió. Pero se quedó una semana más de lo previsto. Y otra.
Se encontraron en las fiestas de agosto, en la verbena de la plaza. Él la sacó a bailar y Sara descubrió que hacía años que nadie la sujetaba así, con firmeza y sin prisa.
Se escaparon de la verbena y bajaron al río. La luna se reflejaba en el agua. Hacía calor.
—Aquí se baña la gente del pueblo en verano —dijo él.
—¿Con bañador? —preguntó ella.
—Depende de la hora.
Sara se rió y empezó a desabrocharse el vestido.
En septiembre, retiró la casa de la inmobiliaria.
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