Me gusta mirar
Tengo cuarenta y dos años, soy contable y llevo una vida de lo más normal. Y tengo una confesión que solo sabe mi mujer: me gusta mirar.
No de forma rara. No espío a nadie. Me refiero a mirarla a ella.
Lo descubrimos por casualidad, hace años, cuando ella se estaba cambiando y yo me quedé en la puerta, embobado. Ella se dio cuenta y, en lugar de cerrar, se tomó su tiempo. Despacio. Sabiendo que la miraba.
Fue lo más excitante que me había pasado nunca.
Desde entonces es nuestro juego. Ella se viste, se desviste, se baña, se pone crema, y yo la miro desde el sillón del dormitorio, sin tocarla, sin decir nada. A veces durante mucho rato.
Ella dice que nunca se ha sentido tan deseada. Que mi mirada le hace sentir que es la mujer más guapa del mundo. Y lo es.
No sé si esto es raro o normal. Nunca se lo he contado a nadie más. Pero después de quince años juntos, sigue siendo nuestro momento favorito de la semana.
Lo escribo aquí, de forma anónima, porque necesitaba contarlo. Y porque seguro que no soy el único.
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