El mensaje equivocado
Esta confesión es de las que dan vergüenza ajena. Hace un mes, le mandé a mi jefe un mensaje que era para mi novio.
No un mensaje cualquiera. Un mensaje muy explícito, con detalles muy concretos sobre lo que pensaba hacerle esa noche.
Me di cuenta treinta segundos después. Intenté borrarlo. Ya lo había leído.
Me pasé la noche sin dormir, pensando en dimitir, en mudarme a otro país, en cambiarme de nombre. Al día siguiente fui a la oficina muerta de miedo.
Mi jefe, cincuenta años, serio, casado, me llamó a su despacho.
—Sobre el mensaje de ayer —empezó.
—Lo siento muchísimo —dije yo—. Era para mi novio.
—Lo suponía —dijo él, muy serio. Luego se le escapó una sonrisa—. Solo quería decirte que tu novio es un hombre muy afortunado. Y que, por favor, revises bien el destinatario a partir de ahora.
Salí del despacho sin saber si reír o llorar.
Le conté a mi novio lo que había pasado. Se rió durante diez minutos. Y luego me pidió que le volviera a mandar el mensaje. Esta vez, al número correcto.
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