Esposas de terciopelo
Las compraron en una tienda erótica de Barcelona, medio en broma, durante un viaje de aniversario: unas esposas forradas de terciopelo rojo. Rebeca y Sergio, de treinta y ocho y cuarenta años, las guardaron en la maleta y se olvidaron de ellas.
Hasta que una noche de domingo, aburridos, Rebeca las sacó del cajón.
—¿Quién se las pone? —preguntó.
Sergio dudó. Siempre había sido él quien tomaba la iniciativa. Pero algo en la mirada de Rebeca le hizo extender las muñecas.
—Tú mandas —dijo.
Fue una revelación para los dos. Rebeca descubrió que le encantaba llevar el control, marcar el ritmo, hacerle esperar. Sergio descubrió que ceder era mucho más excitante de lo que había imaginado.
—Si en algún momento quieres parar —le dijo ella—, solo tienes que decirlo.
No lo dijo. En ningún momento.
Desde aquella noche, las esposas de terciopelo viven en la mesilla de noche. A veces las lleva él. A veces, ella. Lo deciden con una moneda.
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