Islandia
Siete días en Islandia, una caravana alquilada y la promesa de ver la aurora boreal. Raquel y Hugo, pareja desde hacía cuatro años, llevaban meses planeando el viaje.
Los primeros seis días, nada. Nubes, lluvia, niebla. Cascadas preciosas, glaciares increíbles, pero ni rastro de la aurora.
La última noche, aparcaron la caravana en medio de la nada, lejos de cualquier luz, y salieron a mirar el cielo por última vez. Hacía un frío terrible. Se envolvieron juntos en un saco de dormir sobre el techo de la caravana.
—Si no la vemos esta noche, volvemos —dijo Hugo.
A las dos de la madrugada, el cielo se tiñó de verde.
Era lo más bonito que habían visto nunca. Ondas de luz moviéndose despacio sobre sus cabezas, cambiando de color, bailando en silencio.
Raquel empezó a llorar de emoción. Hugo la besó. Y debajo de aquel cielo imposible, dentro de un saco de dormir a diez grados bajo cero, descubrieron que el frío no es un obstáculo cuando se tienen las ganas suficientes.
Las fotos de la aurora salieron borrosas. Ninguno de los dos estaba prestando mucha atención a la cámara.
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