El hotel de las cuatro estrellas
El hotel tenía cuatro estrellas, una piscina infinita con vistas al mar y un recepcionista que se llamaba Enzo, era italiano, tenía treinta y dos años y una sonrisa que le valía un millón de euros.
Begoña, de treinta y siete, había ido a Mallorca sola, a desconectar después de una ruptura. No buscaba nada. Solo sol, libros y dormir mucho.
Pero Enzo le dejaba cada mañana una flor en el desayuno. Y le recomendaba calas secretas. Y le preguntaba qué tal el libro cada vez que la veía pasar.
—En el hotel no podemos tener relaciones con los clientes —le dijo un día, en voz baja, mientras le daba la llave—. Es una norma muy estricta.
—Qué pena —respondió ella.
—Sí. Pero mi turno termina a las once. Y a partir de las once, ya no soy recepcionista.
A las once y cinco, Begoña bajó a la playa del hotel. Enzo la esperaba en la orilla, sin uniforme, con los pies en el agua.
Fue la mejor semana de vacaciones de su vida. Y nunca nadie en el hotel se enteró de por qué la clienta de la habitación 214 siempre desayunaba tan tarde.
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