La última vez
Llevaban tres años viéndose a escondidas. Tres años de hoteles, de excusas, de mensajes borrados. Ana, de cuarenta y cuatro años, y Diego, de cuarenta y siete, casados los dos con otras personas, habían decidido que aquel sería el último encuentro.
—Es lo correcto —dijo él, al llegar a la habitación.
—Lo sé —dijo ella.
Se quitaron la ropa despacio, como si quisieran memorizar cada gesto. No hubo prisa. No hubo urgencia. Solo una tristeza dulce que lo hacía todo más intenso, más lento, más profundo.
Después se quedaron abrazados mucho tiempo, sin hablar, mirando cómo la luz de la tarde se movía por el techo.
—Te voy a echar de menos —dijo ella.
—Y yo a ti —respondió él.
Se vistieron. Se dieron un último beso en la puerta. Bajaron en ascensores distintos, como siempre.
Seis meses después, Ana recibió un mensaje de un número que ya no tenía guardado: «Mismo hotel. Jueves. Solo para hablar».
Ninguno de los dos se creyó lo de hablar.
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