El compañero de la conferencia
Tres días en Lisboa, un congreso de medicina y un hotel lleno de colegas. Silvia, cardióloga de cuarenta y dos años, casada, madre de dos hijos, no esperaba nada más que ponencias aburridas y cenas de trabajo.
Hasta que se sentó al lado de Daniel en la primera charla. Cirujano, de su edad, con alianza en el dedo y una risa contagiosa que se le escapaba en los momentos más inoportunos.
Pasaron los tres días juntos. En las charlas, en las comidas, en las cenas. Hablaban de todo menos de sus parejas. La última noche, en el bar del hotel, ninguno de los dos se movió cuando cerraron.
—Esto no puede salir de aquí —dijo ella.
—Lo que pasa en Lisboa se queda en Lisboa —respondió él, con una sonrisa triste.
Subieron en el mismo ascensor. Él se bajó en el quinto. Ella también.
A la mañana siguiente, volaron en aviones distintos hacia ciudades distintas. Nunca se escribieron. Pero cada año, cuando llega el programa del congreso, Silvia busca su nombre en la lista de ponentes. Y cada año, lo encuentra.
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