Mi primer juguete
Fue su amiga Lola quien le regaló a Cristina, de treinta y nueve años, su primer juguete erótico. Venía en una caja elegante, con un lazo rojo y una nota: «Para que te conozcas un poco mejor».
Cristina lo guardó en el cajón y no lo sacó en un mes. Le daba vergüenza. Le parecía algo de otras mujeres, más atrevidas, más modernas.
Una noche de domingo, sola en casa y con una copa de vino de más, abrió el cajón.
Lo que descubrió esa noche le cambió la forma de ver muchas cosas. Que su cuerpo tenía mapas que nunca había explorado. Que el placer no tenía por qué depender de nadie más. Que podía tomarse su tiempo, sin prisas, sin tener que agradar a nadie.
Al día siguiente llamó a Lola.
—Gracias —le dijo, sin más.
Lola soltó una carcajada al otro lado del teléfono.
—Te lo dije —respondió—. Y ahora que ya sabes lo que te gusta, a ver si se lo enseñas a alguien.
Cristina se rió. Ya tenía a alguien en mente.
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