La mujer de mi mejor amigo
Conozco a Natalia desde hace diez años, desde el día que Pablo nos la presentó en un bar y dijo «esta es la mujer de mi vida». Fui su padrino de boda. Soy el padrino de su hija.
Nunca pasó nada. Nunca debía pasar nada.
Pero aquel verano, en la casa de la playa que alquilamos los tres, Pablo tuvo que volver a Madrid dos días por trabajo. Y Natalia y yo nos quedamos solos.
La primera noche cenamos en la terraza y hablamos hasta tarde, como siempre. La segunda noche hacía demasiado calor para dormir, y nos encontramos los dos en la piscina a las dos de la madrugada, a oscuras, sin saber muy bien qué hacíamos allí.
—Esto no está bien —dijo ella, en el agua, muy cerca.
—No —dije yo.
Ninguno de los dos se apartó.
Pablo volvió al día siguiente con una bolsa de cruasanes y una sonrisa. Natalia y yo desayunamos con él como siempre, riéndonos de sus chistes como siempre. Lo que pasó en la piscina nunca volvió a mencionarse. Pero ahí está, en cada mirada, en cada cena de los tres.
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