La mudanza
Le tocó a Gonzalo ayudar a su vecino nuevo con la mudanza. No porque quisiera, sino porque el ascensor estaba estropeado y el vecino, Samuel, de treinta y seis años, no podía subir solo un sofá hasta el quinto piso.
Fueron cuatro horas de cajas, muebles y escaleras. Al terminar, los dos estaban empapados en sudor y muertos de risa por todas las veces que casi se les cae el sofá.
—Te debo una —dijo Samuel—. Te invito a cenar. Cuando tenga platos.
—Tengo platos en mi casa —dijo Gonzalo—. Y cerveza fría.
Cenaron en casa de Gonzalo. Pizza, cerveza y una conversación que se alargó hasta la una de la mañana. Samuel le contó que se había mudado a la ciudad después de romper con su pareja. Gonzalo le contó que llevaba años sin pareja porque no encontraba a nadie interesante.
—¿Y ahora? —preguntó Samuel—. ¿Sigues sin encontrar a nadie interesante?
Gonzalo lo miró. Tenía todavía polvo de la mudanza en el pelo y una sonrisa traviesa.
—Ahora no estoy tan seguro —respondió.
Samuel no volvió a su piso esa noche. Las cajas pudieron esperar.
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