La vecina del ático
Cuando Ruth, de treinta y seis años, se mudó al edificio, la vecina del ático, Alejandra, le subió una tarta de bienvenida. Arquitecta, divorciada, cuarenta años y una terraza llena de plantas desde la que se veía toda la ciudad.
—Si alguna vez quieres ver el atardecer —le dijo—, la terraza está abierta.
Ruth tardó dos semanas en atreverse a subir.
Alejandra la recibió con dos copas de vino blanco y una manta, porque empezaba a refrescar. Se sentaron en un sofá de mimbre a ver cómo el sol se ponía detrás de los tejados.
Hablaron de todo. De la mudanza de Ruth, del divorcio de Alejandra, de lo difícil que es empezar de cero a cierta edad.
Cuando se hizo de noche, Alejandra le apartó un mechón de pelo de la cara.
—Llevo dos semanas esperando que subieras —le confesó.
—Llevo dos semanas queriendo subir —respondió Ruth.
Desde entonces, Ruth sube cada tarde a ver el atardecer. Algunas noches, ya no baja.
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