La fotógrafa
Natalia contrató a una fotógrafa para hacerse fotos para su perfil profesional. Abogada, cuarenta y un años, traje serio, sonrisa forzada. Las fotos tenían que transmitir confianza.
La fotógrafa, Laia, de treinta y ocho, la miró a través de la cámara durante cinco minutos y la bajó.
—Estás muy tensa —le dijo—. Así no vas a salir bien. Vamos a hacer otra cosa.
Puso música. Le ofreció una copa de vino. Le pidió que se quitara la chaqueta, que se soltara el pelo, que le hablara de algo que le gustara mucho.
Natalia le habló de sus viajes. De lo que le gustaba bailar. De lo sola que se sentía a veces. Laia disparaba sin parar, en silencio, acercándose cada vez más.
Las fotos que salieron eran preciosas. Natalia no se reconocía en ellas. Parecía otra persona: más libre, más viva, más guapa.
—¿Cómo lo has hecho? —le preguntó, mirando la pantalla.
Laia dejó la cámara en la mesa.
—Te he mirado de verdad —dijo—. Y me ha gustado mucho lo que he visto.
Las fotos profesionales salieron dos semanas después. Las otras, las que no salieron del estudio, siguen siendo las favoritas de Natalia.
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