Clase de cerámica
El torno de cerámica no era lo suyo. Lo descubrió Beatriz, de cuarenta años, en la primera clase, cuando el barro salió volando y le manchó la cara a la profesora.
—Lo siento muchísimo —dijo, horrorizada.
La profesora, Inma, de cuarenta y dos, se limpió con el delantal y se echó a reír.
—Tranquila —dijo—. Ven, que te enseño.
Se sentó detrás de ella, en el mismo taburete, y le puso las manos sobre las suyas. Despacio, con calma, le enseñó a sentir el barro, a dejar que girara, a darle forma sin forzarlo.
Beatriz no consiguió concentrarse en el barro. Solo podía sentir el pecho de Inma contra su espalda, su respiración en la nuca, sus manos cubiertas de arcilla guiando las suyas.
—Relájate —le susurró Inma al oído—. Déjate llevar.
Al final de la clase, el jarrón de Beatriz era un desastre. Pero Inma le pidió que se quedara para limpiar el taller.
No limpiaron mucho.
Beatriz lleva seis meses yendo a clases de cerámica. Sigue sin saber hacer un jarrón decente. A ninguna de las dos le importa.
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