Vecinos de rellano
Llevaban dos años viviendo puerta con puerta: Claudia y Héctor en el 3.ºA; Valeria, sola, en el 3.ºB. Se prestaban sal, se regaban las plantas en vacaciones y de vez en cuando cenaban juntos los viernes.
Valeria era fotógrafa, tenía treinta y nueve años y una vida amorosa caótica que les contaba con todo lujo de detalles.
Un viernes, después de cenar en casa de la pareja, Valeria les contó que había roto con su última novia.
—Estoy harta —dijo—. Las parejas sois muy afortunados.
—No te creas —dijo Claudia—. A veces la rutina es un aburrimiento.
Héctor se rió. Valeria también. Pero hubo un silencio raro después. Un silencio de los que se llenan de cosas no dichas.
—Bueno —dijo Valeria, levantándose—. Me voy, que es tarde.
—No es tan tarde —dijo Claudia.
Valeria se volvió a sentar.
Ahora siguen siendo vecinos. Se siguen prestando sal. Y algunos viernes, la puerta del 3.ºB se queda abierta hasta el sábado por la mañana.
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