Fotocopias
Siempre se estropeaba la fotocopiadora. Y siempre, cuando se estropeaba, Leonor, de recepción, llamaba a Daniel, el técnico de mantenimiento: cuarenta años, manos grandes, mono azul y una paciencia infinita con aquella máquina del demonio.
Leonor empezó a sospechar de sí misma cuando se dio cuenta de que la fotocopiadora se estropeaba más los días que ella llevaba falda.
Daniel también se dio cuenta.
—Esta máquina tiene muy mala suerte —le dijo un día, con la cabeza metida en la bandeja de papel—. Siempre se rompe cuando estás tú sola en la oficina.
—Será casualidad —respondió ella.
—Será —dijo él, sacando un clip que alguien había metido en el mecanismo. Lo miró. La miró a ella. Sonrió.
Leonor se puso roja hasta las orejas. Él se limpió las manos con un trapo, se levantó despacio y se acercó.
—Si querías verme —le dijo en voz baja—, podías haberme invitado a un café.
—Te invito a un café —dijo ella.
Desde entonces la fotocopiadora funciona perfectamente. Daniel viene igual. Pero ahora entra por la puerta de atrás, después de cerrar.
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