Reencuentro en el aeropuerto
Tres meses. Ese era el tiempo que Lorena llevaba sin ver a Marc, que trabajaba en una plataforma petrolífera en el mar del Norte. Tres meses de videollamadas con mala conexión y mensajes a horas imposibles.
Lo esperó en la puerta de llegadas con un vestido que él no conocía y el corazón en la garganta. Cuando lo vio aparecer, con barba de semanas y la mochila al hombro, echó a correr como en las películas.
El beso duró tanto que una señora mayor les aplaudió.
En el coche, de camino a casa, ninguno de los dos habló mucho. Las manos hablaban por ellos: en la rodilla, en la nuca, en la cintura en cada semáforo en rojo. Lorena conducía cada vez más deprisa.
—Si no llegamos pronto —dijo Marc con voz ronca—, te juro que te pido que pares en la primera gasolinera.
Llegaron. A duras penas. La puerta del piso se cerró de un portazo y la mochila se quedó tirada en la entrada durante dos días.
Tres meses dan para acumular muchas ganas.
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