Masaje de domingo
Los domingos por la tarde eran sagrados en casa de Ana y Luis: sin planes, sin visitas, sin prisas. Ese domingo, ella sacó un bote de aceite de almendras que le habían regalado y le pidió que se tumbara.
—Te voy a dar un masaje —anunció—. Uno de verdad. Nada de cinco minutos y ya.
Luis, que trabajaba de pie diez horas al día en un taller, cerró los ojos y se dejó hacer. Ana empezó por los hombros, deshaciendo nudos con una paciencia infinita, bajando poco a poco por la espalda, siguiendo el ritmo de su respiración.
Él se fue relajando hasta casi dormirse. Y entonces ella cambió el ritmo. Las manos se volvieron más lentas, más intencionadas, y lo que había empezado como un masaje terapéutico se fue convirtiendo en otra cosa.
—Creía que esto era un masaje de verdad —murmuró él, con una sonrisa.
—Lo es —respondió Ana—. Pero no he dicho que fuera solo para la espalda.
Aquel domingo la cena se quedó sin hacer.
❦
¿Te ha gustado?
199 votos