La noche de la tormenta
Confieso que la mejor noche de mi vida fue con un desconocido del que no sé ni el nombre completo.
Fue en un refugio de montaña en los Picos de Europa. Tormenta de verano, todos los senderistas atrapados, y el guarda del refugio repartiendo mantas y sopa caliente.
Él estaba sentado frente a mí, junto a la estufa. Cuarenta y tantos, barba, ojos claros. Me sonrió cuando se fue la luz.
Hablamos en susurros toda la noche, para no despertar a los demás. De montañas, de libros, de las cosas que nos daban miedo. Cuando el refugio por fin se quedó en silencio y solo se oía la lluvia, me cogió la mano por debajo de la manta.
No voy a contar lo que pasó después. Solo diré que fue en silencio, muy despacio, aprovechando cada trueno.
Al amanecer, la tormenta había pasado. Él cogió su mochila, me dio un beso en la frente y se fue montaña abajo. Solo sé que se llamaba Pedro.
Llevo tres veranos volviendo a ese refugio. No lo he vuelto a ver. Pero cada vez que hay tormenta en la montaña, me acuerdo de él y sonrío.
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