Cartas
Empezó por una equivocación del cartero: una carta dirigida a Inés Ruiz que llegó al buzón de Inés Ríos, en el mismo edificio. Inés Ríos, de cuarenta y tres años, subió a devolverla.
Le abrió una mujer de su edad, pelo canoso y ojos verdes, que le dio las gracias con una sonrisa que la desarmó.
Al día siguiente, Inés Ríos encontró en su buzón una nota: «Gracias por la carta. Te invito a un café cuando quieras. Inés (la otra)».
Le respondió con otra nota. La otra Inés respondió también. Durante semanas, se escribieron notas y las dejaron en el buzón de la otra. Cada vez más largas, más personales, más íntimas.
Nunca se veían. Solo se escribían.
Hasta que una nota decía: «Ya no me basta con leerte. Esta noche, a las nueve, sube».
Inés Ríos subió a las nueve menos cinco. La puerta estaba entreabierta. Dentro había velas, vino y la otra Inés esperándola con un vestido verde que hacía juego con sus ojos.
—Hola —dijo, nerviosa.
—Hola —respondió Inés Ríos.
Siguen escribiéndose notas. Pero ahora se las dejan en la almohada.
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