La invitada de la boda
La boda de su prima fue un aburrimiento para Marta hasta que la sentaron en la mesa de los solteros, al lado de Olivia: amiga de la novia, treinta y seis años, vestido rojo y unas ganas de reírse de todo que se contagiaban.
Se pasaron la cena criticando los centros de mesa. Bailaron juntas todas las canciones horteras. Se rieron hasta llorar con el discurso del padrino.
Cuando sonó la canción lenta, las dos se quedaron mirándose en medio de la pista.
—¿Bailamos? —preguntó Olivia.
—Nos va a mirar todo el mundo —dijo Marta.
—Que miren.
Bailaron. Despacio, muy cerca, con la mejilla de Olivia apoyada en la de Marta. Y sí, las miró todo el mundo. A Marta no le importó.
Al terminar la fiesta, compartieron taxi. Olivia le dio su dirección al conductor. Marta no le dio la suya.
Un año después, la prima de Marta les preguntó si querían que la boda de ellas fuera en la misma finca. Las dos dijeron que sí, que les traía muy buenos recuerdos.
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