La entrenadora
Lorena se apuntó al gimnasio para ponerse en forma después de un año horrible. Su entrenadora personal, Vanesa, de treinta y cinco años, era exigente, divertida y tenía unos brazos que Lorena no podía dejar de mirar.
—Tus ojos, aquí —le decía Vanesa, señalándose la cara, cuando la pillaba mirando.
Lorena se ponía roja. Vanesa se reía.
Durante dos meses, las sesiones fueron una tortura deliciosa. Vanesa la corregía con las manos, colocándole las caderas, la espalda, los hombros. Cada roce era una descarga eléctrica.
Un día, después de una sesión especialmente dura, Lorena se quedó en el vestuario más de la cuenta. Vanesa entró a buscar algo.
—¿Todavía aquí? —preguntó.
—No podía irme sin darte las gracias —dijo Lorena—. Por todo.
—De nada —dijo Vanesa. Y luego, acercándose—. Aunque no creo que sea solo eso lo que quieres decirme.
Lorena tragó saliva.
—No —admitió—. No es solo eso.
El vestuario estaba vacío. Las duchas, también. Hasta que dejaron de estarlo.
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