La chica de la librería
Cada sábado por la mañana, Marina, de treinta y un años, iba a la misma librería del barrio. Y cada sábado, detrás del mostrador, estaba ella: pelo corto, gafas redondas, un tatuaje de una golondrina en la muñeca y una sonrisa que le cortaba la respiración.
Se llamaba Elsa. Lo sabía por la chapa de su camiseta.
Durante tres meses, Marina compró un libro cada sábado. Novelas que no tenía tiempo de leer, poesía que no entendía, ensayos que no le interesaban. Solo por los cinco minutos de conversación en el mostrador.
Un sábado, al cobrarle, Elsa le metió una nota dentro del libro.
«Llevas tres meses comprando libros que no lees. Lo sé porque me sigues preguntando de qué van. ¿Un café? Termino a las dos.»
Marina se puso roja hasta las orejas. Leyó la nota cuatro veces en la calle antes de volver a entrar.
—A las dos —dijo, sin aliento.
El café se convirtió en comida. La comida, en paseo. El paseo, en el piso de Elsa, lleno de libros hasta el techo.
Marina ya no compra libros. Ahora los lee en la cama de Elsa, los domingos por la mañana.
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